viernes, 18 de noviembre de 2022

 

MOVIMIENTOS SOCIALES Y VANGUARDIAS PARTIDISTAS ANTE LA CRISIS POLÍTICA.

PROFUNDIZACIÓN O RETROCESO DE LAS DEMOCRACIAS PARTICIPATIVAS LATINOAMERICANAS[i]

Roberto López Sánchez. Belinda Colina Arenas.

Lino Meneses Pacheco. Lorelli Paredes Valecillos (Venezuela)

 

Publicado en: https://www.clacso.org/movimientos-sociales-y-vanguardias-partidistas-ante-la-crisis-politica-profundizacion-o-retroceso-de-las-democracias-participativas-latinoamericanas/

 

Programa de Becas CLACSO: Amenazas y desafíos para las democracias en América Latina y el Caribe: ¿derechos en cuestión? Septiembre 2022.

LINEAMIENTOS PARA LA ACCION

La importancia de realizar propuestas de lineamientos para la acción e intervención resulta medular. Esto es porque, de la investigación realizada, se desprende que existen en Perú, Bolivia y Ecuador (y de manera general en toda América Latina) fuerzas sociales en movimiento que formulan y promueven cambios significativos de los viejos sistemas políticos heredados del liberalismo occidental y de los modelos económicos extractivistas, impuestos nuevamente por el neoliberalismo en las últimas décadas.

Las energías desplegadas por la movilización organizada de los pueblos (en este caso de Ecuador, Bolivia y Perú) vienen tropezando con barreras que restringen la participación política ciudadana, incluso en aquellos países en los que se promulgaron nuevas constituciones inspiradas en el protagonismo popular.

Del estudio de esta realidad se deriva que las amenazas a las democracias latinoamericanas no sólo provienen de los intentos reiterados de los poderes occidentales por recuperar y/o mantener los territorios continentales que han explotado económicamente desde la época colonial, sino que se originan también en las deficiencias presentes en las propuestas de transformación social que intentan desarrollarse en nuestros países.

Es por ello que, producto de la reflexión teórica y de la investigación actualizada sobre las realidades políticas en Ecuador, Bolivia y Perú, hemos considerado las siguientes propuestas de lineamientos para la implementación de políticas públicas y para el accionar sociopolítico de las fuerzas populares, que propugnan avances democráticos y aspiran a la soberanía económica en Nuestra América.

1) Promover la democracia participativa, como fórmula para la profundización de las democracias en Nuestra América, permitiría superar la dinámica contradictoria entre Estado, partidos y movimientos sociales/organizaciones indígenas; dinámica que afecta la solidez de las propuestas de cambio sociopolítico en Bolivia, Ecuador y Perú. La solución de este conflicto pasa por la profundización de la democracia en los esquemas de gestión de políticas públicas, enmarcadas en la democracia participativa, que abra canales de actuación política que hagan posible la interacción entre el Estado, partidos políticos y movimientos sociales/organizaciones indígenas.

2) Fomentar la creación de una nueva institucionalidad democrática, que prescinda de la forma de representación única en los partidos políticos, que busca perpetuar a los sistemas de representación partidista heredados del viejo liberalismo, y que actúa como barrera a la democracia participativa. Pues se trata de propiciar nuevas formas de representación ciudadana que den cabida a los movimientos sociales, a las comunidades indígenas, y a los ciudadanos en sentido genérico, sin que se imponga como requisito el ser “profesional” de la política como condición de participación.

3) Promover espacios amplios donde participen académicos, políticos, movimientos sociales e indígenas. Estos espacios permitirían repensar y recrear los sistemas políticos latinoamericanos con el fin de explorar y ensayar nuevas rutas para la superación de la tradicional “representación” del liberalismo burgués. Así, se avanzaría a formas de organización ciudadana que impidan la conformación de elites que terminan usurpando la soberanía popular. En la democracia participativa ejercida en los movimientos sociales y en las formas de organización y de representación ancestrales que mantienen las naciones indígenas se encuentran las claves para el avance de los procesos de cambio sociopolítico. Procesos que permitan la profundización de las democracias en Nuestra América.

4) Promover la libertad de expresión y asociación, el acatamiento y la observancia de las leyes, el respeto a las garantías de los derechos humanos, la revocatoria del mandato, la elección popular de todos los cargos públicos, la rendición de cuentas, la necesaria transparencia gubernamental en la gestión política, el ejercicio de referéndum para los temas fundamentales de la acción ejecutiva, el libre juego de las ideas y el debate político a todos los niveles, con el fin de profundizar la democracia participativa.

5) Fomentar políticas que incluyan a las organizaciones de los pueblos, naciones y comunidades indígenas; que reconozcan la pluralidad étnica-cultural, ya que no pueden ser considerados como simples “movimientos sociales”, pues son grupos étnicos que tienen su lengua y su historia, y su territorio propio. Tienen sistemas jurídicos, políticos, económicos, de salud y educativos propios, preexistentes incluso a la invasión europea y que, por lo tanto, imponen una complejidad que choca en la mayoría de los casos con la forma de Estado liberal existente en cada país, que no están consustanciados con la racionalidad de la participación política en las democracias occidentales, y tampoco, con la racionalidad de las nuevas democracias “participativas”.

 

SOBRE LOS AUTORES Y LAS AUTORAS

Roberto López Sánchez (Caracas, 1958). Profesor Titular de la Universidad del Zulia (LUZ) Doctor en Ciencias Políticas. Actualmente dicta 6 materias en la Licenciatura de Antropología en LUZ. Ha dictado seminarios de doctorado y maestría en universidades venezolanas; y seminarios de Historia de Venezuela en universidades de Chile y España. Actualmente Coordina la Unidad Académica de Antropología. Correo: cruzcarrillo2001@gmail.com. Venezuela.

Belinda Colina Arenas. Es de Maracaibo-Venezuela. Socióloga Universidad del Zulia (LUZ), MSc. En Gerencia Pública-LUZ, Doctora en Cs. Sociales, mención Gerencia-LUZ. Actualmente coordinadora de la Unidad Académica Estudios del Desarrollo LUZ. belicolina@gmail.com, belindavictoria123@gmail.com. Venezuela.

Lino Meneses Pacheco. Es Dr. en Antropología, Universidad de Los Andes, 2015. Director del Museo Arqueológico de la Universidad de Los Andes, Venezuela desde año 2014. Coordinador y docente del Doctorado en Antropología de la Universidad de Los Andes, Venezuela desde el año 2018. lmeneses@ula.ve Venezuela.

Lorelli Paredes Valecillos. Es de Maracaibo, Zulia-Venezuela. Licenciada en Antropología Mención Social y Cultural, Universidad del Zulia (LUZ). Egresada con la distinción Magna Cum Laude y mención de publicación. Cursa la Maestría en Antropología Social y Cultural, Universidad del Zulia. Personal Docente en formación en el área de Antropología Política (LUZ). lorelliparedes@gmail.com. Venezuela


[i] El texto se refiere a los LINEAMIENTOS PARA LA ACCIÓN propuestos como complemento a las conclusiones del proyecto de investigación, del mismo título, que desarrollamos a través de CLACSO en 2021/2022, y cuyo informe final será publicado próximamente por CLACSO.

martes, 6 de septiembre de 2022

 

DESPUÉS DE LAS NUBES EL SOL

En el marco general de la crisis que atraviesan las universidades venezolanas, es la Universidad del Zulia una de las instituciones que más está siendo afectada por los múltiples problemas que hoy amenazan la existencia de la educación universitaria en Venezuela.

Ante esta dura realidad, y preocupados por la necesidad de dar respuestas desde el profesorado a esta crisis que afecta a todo el colectivo zuliano, diversos docentes de diferentes facultades hemos decidido constituir un grupo de opinión que tendrá por nombre “DESPUÉS DE LAS NUBES EL SOL”, frase que encabeza, en latín, el escudo de nuestra universidad, y que representa la voluntad de lucha de la comunidad universitaria para enfrentar las dificultades y salir adelante con la función social de formar profesionales y crear ciencia y cultura para el desarrollo nacional.

Nuestro diagnóstico de la problemática universitaria nacional lo resumimos así:

·         La crisis presupuestaria. El Estado venezolano dejó de invertir en las universidades, y hoy en día nuestras instituciones atraviesan un profundo deterioro en su infraestructura, laboratorios, bibliotecas y equipos para la enseñanza y la investigación.

·         La debacle salarial. Los salarios de los universitarios son los más bajos del continente. Esto ha provocado una deserción de personal y una migración masiva de profesionales hacia otros países. Para quienes seguimos nuestra actividad universitaria, los bajos salarios dificultan enormemente nuestra labor cotidiana. Esta crisis salarial se ha profundizado con la aplicación del “instructivo Onapre”, que desconoce la contratación colectiva vigente y disminuye en un 70% el salario de los universitarios.

·         La investigación científica también dejó de ser financiada por el Estado desde hace años. Lo poco que se realiza es financiado por entes externos, o por el esfuerzo personal de abnegados investigadores que aún continúan en su labor productiva aportando al desarrollo nacional.

·         La democracia universitaria sigue suspendida desde hace más de una década, por decisiones del gobierno nacional que impiden la realización de elecciones para designar nuevos rectores y decanos.

·         La matrícula estudiantil universitaria se ha reducido en más de un 50 %, debido a los efectos de la crisis económica nacional en las familias venezolanas. La juventud ha optado por emigrar a otros países, o buscar empleos para contribuir al sostenimiento familiar.

A este diagnóstico general se agrega la situación particular de LUZ:

·         Un alto porcentaje de la infraestructura física de LUZ ha sido saqueada por la acción del hampa, con las graves pérdidas materiales que ello implica.

·         Facultades como Ciencias permanecen sin electricidad desde 2019, situación que dificulta la continuidad de  componentes importantes de la oferta académica de la institución.

·         Los problemas urbanos de Maracaibo y del Zulia en general, afectan también que se pueda recuperar la actividad académica en LUZ (transporte, vialidad, electricidad, agua).

Lineamientos generales de acción que proponemos:

·         Recuperar la democracia interna impulsando la realización de elecciones a cuerpo rectoral y decanos, siguiendo los pasos que actualmente desarrolla la UCV.

·         Impulsar la unidad de acción de todos los gremios universitarios: estudiantes, profesores, empleados y obreros, para el desarrollo de las luchas fundamentales que hoy se vienen impulsando en todo el sector educativo venezolano.

·         Lucha inmediata por la derogación del Instructivo Onapre y nivelación de los salarios universitarios acordes a la contratación vigente.

·         Becas estudiantiles acordes al salario mínimo (y lucha por un salario mínimo acorde a la canasta básica).

·         Exigir al Estado que cumpla con su deber constitucional de dar a las universidades un presupuesto justo que permita cumplir sus funciones de docencia, investigación y extensión.

·         Exigir al gobierno nacional el reconocimiento pleno de todos los actores universitarios, autoridades, gremios y sindicatos, sin distinción de naturaleza política ni de otro orden.

·         Exigir garantías de seguridad en los espacios universitarios, como paso fundamental para la recuperación de las actividades presenciales en LUZ.

·         Contactar con las autoridades universitarias en funciones, con los dirigentes de los gremios, y con las distintas tendencias políticas, en función de buscar consensos mínimos que permitan avanzar en acciones para recuperar la institucionalidad en LUZ y resolver sus problemas más urgentes.

La sociedad venezolana necesita de su universidad, y la universidad requiere integrarse plenamente con la aspiración de cambio que hoy predomina en la gran mayoría ciudadana. NO HAY REPÚBLICA SIN UNIVERSIDAD, PERO TAMPOCO PUEDE HABER UNIVERSIDAD SIN REPÚBLICA. Y eso es lo que hoy se está disolviendo ante nuestros ojos, y debemos detener.

La defensa de la universidad autónoma, democrática, científica, popular y de calidad, es un paso necesario para salvar a la Nación. A eso convocamos.

 

Universidad del Zulia. Maracaibo, 5 de septiembre de 2022.

Johnny Alberto Alarcón Puentes. Profesor Facultad Experimental de Ciencias.

Haydee Alvarez. Profesora de la Facultad Experimental de Ciencias.

Carlos Añez. Profesor de la Universidad del Zulia.

Pedro Capett. Presidente de APUZ Ciencias.

Belinda Colina Arenas. Coordinadora Unidad Académica Estudios del Desarrollo. FEC.

Zaidy Fernandez. Coordinadora de la Licenciatura de Antropología.

Molly González. Presidenta de APUZ.

Jorge Hinestroza. Profesor de la Facultad Experimental de Ciencias.

José Huerta Castillo. Profesor de la Facultad Experimental de Ciencias.

Lilia Sofía Lombardi Boscán. Profesora de la Facultad de Humanidades y Educación.

Angel Rafael Lombardi Boscán. Director del Centro de Estudios Históricos y rep. prof. CU.

Roberto López Sánchez. Coordinador Unidad Académica de Antropología. FEC.

Deivi Luzardo. Profesor de la Facultad Experimental de Ciencias.

Nerio Meleán. Presidente de SOLUZ.

Cecilia Montero. Profesora Facultad Experimental de Ciencias.

Andrés Munelo. Presidente de ASDELUZ Costa Oriental del Lago.

Norberto J. Olivar. Profesor Facultad de Humanidades y Educación.

Lorelli Paredes Valecillos. Becaria Docente. Universidad del Zulia.

Galsuinda Parra. Profesora Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas.

Reyber Parra. Profesor Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas.

Elsa Emilia Petit Torres. Profesora Facultad Experimental de Ciencias.

Juan R. Primera. Profesor Facultad Experimental de Ciencias.

Julio Villalobos. Presidente de ASDELUZ.


sábado, 2 de julio de 2022

 

TRIUNFÓ EL PARO NACIONAL INDIGENA Y POPULAR EN ECUADOR

Roberto López Sánchez

El jueves 30 de junio, luego de 18 días del Paro Nacional convocado por la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador) y otras federaciones indígenas como la FEINE[1] y la FENOCIM[2], se firmó el acuerdo entre el gobierno neoliberal de Guillermo Lasso y las organizaciones indígenas convocantes, que permitieron dar por finalizada la acción de protesta nacional.

Entre los logros alcanzados por la movilización popular nacional, resalta una rebaja de 15 centavos de dólar por galón para los combustibles subsidiados; la derogación  del decreto 95 que promovía la actividad petrolera en la Amazonía; la modificación del decreto 151 para frenar las concesiones mineras en áreas naturales protegidas, zonas intangibles, áreas de recarga hídrica y territorios ancestrales de pueblos indígenas; aumento de subsidios mensuales para las familias más pobres y condonación de deudas, entre otros aspectos contemplados en el pliego de 10 puntos que presentaron las organizaciones indígenas al inicio del Paro Nacional.

En esta lucha resalta la enorme organización y capacidad de movilización de la CONAIE, que le tocó enfrentar la que tal vez sea la mayor represión policial-militar de su historia. La brutal represión desatada por el gobierno del banquero Lasso generó seis fallecidos, más de trescientos heridos y más de cien detenidos. Incluso el propio presidente de la CONAIE, Leonidas Iza, fue detenido al iniciarse el paro y se logró su liberación debido a la gran presión nacional e internacional levantada a su favor.

Las peticiones de la CONAIE habían sido formuladas ante el gobierno de Lasso desde el inicio de su mandato en 2021, sin obtener ningún tipo de respuesta favorable ante las mismas. Es por ello la decisión de las bases y la dirigencia indígena de declarar el Paro Nacional indefinido a partir del 13 de junio del 2022.

A la declaratoria de Paro Nacional se adhirieron otras organizaciones como la Unión Nacional de Educadores (UNE, maestros), el Frente Unitario de Trabajadores (organizaciones sindicales diversas), el Frente Popular, el movimiento estudiantil universitario y algunos gremios del transporte, entre otros.

La movilización indígena y popular se realizó en todas las provincias del país, y una parte de esa movilización confluyó hacia la ciudad de Quito, capital de la República y principal centro político del país. Fue en Quito donde el gobierno de Lasso allanó con fuerzas policiales y militares a las universidades y recintos culturales en donde estaban los manifestantes venidos de otras regiones, no respetando la autonomía universitaria ni los espacios públicos que tradicionalmente le han servido al movimiento indígena en su larga historia de luchas.

Durante todo el paro, la dirigencia indígena hizo reiterados llamados a mantener el carácter pacífico de la protesta. Objetivo que en términos generales lo lograron, pese a que fueron reprimidos como nunca antes en la historia reciente del Ecuador. Incluso cuando el correismo[3] propuso en la Asamblea Nacional la votación para destituir a Lasso, la CONAIE indicó que ese no era el objetivo de la protesta (los diputados de Pachakutik[4], no obstante, votaron a favor de esa propuesta). Esa iniciativa fue una estrategia del correismo en el parlamento que buscaba pescar en río revuelto, puesto que como fuerza política nunca tuvieron nada que ver con la gran movilización popular desatada en todo Ecuador por las estructuras de base de la CONAIE y demás federaciones indígenas. El correismo tiene votos. Pero no tiene nada de organización indígena y popular.

A pesar de que, según el censo, los indígenas serían apenas el 7 % de la población en Ecuador[5], los levantamientos indígenas desde 1990 han derrocado a tres presidentes y cuando no lo hacen, como en 2019 y ahora 2022, impactan profundamente, paralizando todo el país. 

 

En los primeros días del Paro Nacional  circularon por las redes unos vídeos de militares retirados ecuatorianos "apoyando el paro". Parece que esos vídeos son falsos (según informaron amigos ecuatorianos). Los videos parece que formaron parte de una especie de trampa montada por Lasso para llevar a la CONAIE a una lucha violenta que le permitiera al gobierno reprimir con toda la fuerza policial y militar. De hecho esos videos coincidieron con la detención de Leonidas Iza. Afortunadamente esos planes represivos de Lasso no pudieron concretarse al nivel que tenían planificado (buscaban acabar con la CONAIE, apresar a todos sus dirigentes e impedir cualquier manifestación popular).

 

Es aquí donde descuadran completamente opiniones de algunos grupos "de vanguardia" que se refirieron a la protesta pacífica de la CONAIE catalogándola de "insurrección popular" que debía plantearse “echar a Lasso del poder”[6], que era precisamente lo que afirmaba Lasso para justificar la represión. Es muy difícil mantener una jornada de movilizaciones populares por 18 días continuos en todo un país sin que se produzcan actos de violencia de los propios manifestantes. Siempre habrá excesos, y siempre habrá infiltrados del gobierno tratando de imponer una falsa "radicalización la lucha" para justificar la represión. Incluso no hay que descartar que algunos grupúsculos de ultraizquierda, que se hacen llamar "partidos del proletariado", se metan en las movilizaciones indígenas para empujar actos violentos con miras (delirantes) a "tomar el poder" (como lo sugieren algunos documentos de dichas organizaciones)[7].

 

Descuadra aún más que estos falsos "partidos de vanguardia" salgan a criticar los llamados de la CONAIE a mantener la lucha de manera pacífica, y para remate insinúen que Iza y demás dirigentes indígenas son traidores por sentarse a negociar con el gobierno.

 

Creemos que la conducción política del Paro Nacional por parte de la CONAIE fue impecable. La destitución de Lasso no estaba planteada en el pliego de peticiones que impulsó la movilización indígena y popular. Obviamente una paralización de todo un país por varias semanas puede provocar la caída del gobierno en funciones; pero la lucha indígena como tal nunca estuvo definida como de carácter “insurreccional” ni buscaba entre sus objetivos derrocar al gobierno de Lasso. Esos llamados de algunos grupos extremistas a la "insurrección", a propiciar un "gobierno de la CONAIE", a no negociar, a mantener y radicalizar el paro, son actos sumamente irresponsables. Prácticamente suicidas. 

 

Por cierto, los que proponen eso no estaban ni de cerca en la dirección colectiva del Paro Nacional. No arriesgan nada. Ellos pretenden empujar a la CONAIE para que sea destrozada por la represión policial-militar. Pero ellos a buen resguardo.

 

Como afirmó la Plataforma Ciudadana en defensa de la Constitución en una declaración de solidaridad con el paro[8], esta nueva jornada de lucha en el Ecuador es expresión “de la lucha de los pueblos de Nuestra América para enfrentar las agendas económicas neoliberales y extractivistas que han venido desarrollando en la última década todos los gobiernos latinoamericanos (incluyendo los “progresismos” representados en los gobiernos de Correa, Evo y Maduro)”.

La continuidad de los estallidos sociales populares en todo el continente pueden sentar las bases políticas para la construcción de nuevos programas de transformación social, que trasciendan la demagogia de los gobiernos “progresistas” que como Maduro y Ortega han traicionado abiertamente las agendas de cambio social popular que animaron la ola izquierdista en el continente en los tres primeros lustros de este siglo XXI.

Esas nuevas bases programáticas para la transformación social están contenidas en la agenda de los movimientos indígenas que hoy luchan en el Ecuador:

  •  una lucha consecuente contra el extractivismo minero-petrolero;  
  •  una democracia comunitaria sustentada en las decisiones desde las bases populares y la autonomía local y regional;
  • formas de representación política que excluyen a los “políticos profesionales” y enfatizan en los dirigentes naturales de las distintas organizaciones sociales;
  • soberanía nacional ante las agendas que desde el exterior imponen las compañías multinacionales de todo el mundo globalizado;
  • sistemas de seguridad social que garanticen condiciones de vida y de trabajo para toda la población;
  • administración del Estado en todas sus instancias con base en la transparencia y la contraloría popular, para evitar y castigar la corrupción;
  • respeto a la diversidad cultural y étnica;
  • una economía social basada en la producción comunal autónoma, organizada nacionalmente utilizando las formas de democracia indígena que ya existen en confederaciones como la CONAIE.

Sin lugar a dudas, la CONAIE ha triunfado. Ha logrado enfrentar la durísima represión del bárbaro Guillermo Lasso, lo ha obligado a sentarse en la mesa de negociación y le ha arrancado al gobierno reivindicaciones que durante todo el conflicto, Lasso y sus voceros habían descartado ceder, como fue la disminución del precio de los combustibles. La firma del acuerdo el 30 de junio la realizó el propio Leonidas Iza, a pesar de que el presidente Lasso había declarado en los dos días anteriores que el gobierno no aceptaría negociar con Iza y exigía una nueva representación indígena.

La CONAIE, junto a sus principales federaciones, la CONFENIAE (Federación de los pueblos indígenas de la Amazonía) y la ECUARUNARI (Federación de los pueblos indígenas de la Sierra), unidas a la FEINE, la FENOCIM y demás organizaciones del campo popular ecuatoriano, se dispone a supervisar durante 90 días, los acuerdos a los que se comprometió el gobierno. De no cumplirse dichos acuerdos, la movilización indígena y popular se planteará de nuevo.

Respaldamos totalmente esta lucha indígena y popular en Ecuador, y hacemos votos por el fortalecimiento de las organizaciones que han conducido al triunfo del Paro Nacional. Los pueblos de Nuestra América miran hoy hacia Ecuador, se solidarizan con su lucha, y aprenden de sus experiencias.

Maracaibo, Tierra del Sol Amada. 2 de julio de 2022.

 



[1] FEINE: Consejo de Pueblos y Organizaciones Indígenas Evangélicos del Ecuador.

[2] FENOCIM: Confederación Nacional de Organizaciones Campesinas, Indígenas y Negras.

[3] Tendencia política del ex-presidente Rafael Correa, que posee la mayor fracción parlamentaria en la Asamblea Nacional del Ecuador.

[4] Pachakutik: Partido indígena vinculado a la CONAIE, pero que no representa de manera directa las decisiones democráticas que la CONAIE asume desde sus estructuras locales y regionales en todo el país.

[5] Algunos autores calculan la población indígena en Ecuador muy por encima de esa cifra. Otros autores mencionan que buena parte de la población que es considerada “mestiza”, que constituyen el 72 % de la población total, es en realidad población indígena.

[6] Declaración de la organización LUCHAS, publicada en su página web: ¡Por un gobierno de la CONAIE, las Federaciones Indígenas y Campesinas, Mujeres, Sindicatos y Organizaciones Populares!”. 28/06/2022.  https://insisto-resisto.org/?p=23729

[7] Como aparece en un artículo publicado en Aporrea, “Ecuador: Fuera Lasso”, que firma una “Liga Internacional Socialista”. 01/07/2022.  www.aporrea.org/internacionales/a313612.html

[8]Solidaridad con el Paro Nacional del Movimiento Indígena y Popular en Ecuador”. Plataforma Ciudadana en Defensa de la Constitución.   30/06/22 - www.aporrea.org/ddhh/a313602.html  

 Solidaridad con el Paro Nacional del Movimiento Indígena y Popular en Ecuador

 - www.aporrea.org
 - www.aporrea.org/ddhh/a313602.html


Desde el lunes 13 de junio, la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), convocó a un Paro Nacional del movimiento indígena y popular en base a un pliego de diez puntos. El paro nacional cuenta también con el respaldo de las otras dos grandes organizaciones indígenas del Ecuador, como son el Consejo de Pueblos y Organizaciones Indígenas Evangélicos del Ecuador (FEINE) y la Confederación Nacional de Organizaciones Campesinas, Indígenas y Negras (FENOCIN), además de importantes sindicatos y federaciones de trabajadores como la Unión Nacional de Educadores (UNE) y el Frente Unido de Trabajadores (FUT).

Los diez puntos que exige el movimiento indígena y popular, ratificados por Leonidas Iza y Zenaida Yasacama[1], presidente y vicepresidenta de la CONAIE respectivamente, en las reuniones que se realizaron el lunes 27 entre el gobierno neoliberal de Guillermo Lasso y la dirigencia indígena del país, responden a las necesidades más urgentes de la población trabajadora del Ecuador (no exclusivamente de los indígenas), y constituyen la plataforma de las luchas populares que se han desarrollado en el Ecuador en la última década, que fueron la razón del Levantamiento Indígena y Popular de octubre de 2019, y que hoy vuelven a movilizar al pueblo ecuatoriano:

  1. "Reducción y no más subida del precio de los combustibles. Congelar el diésel a USD 1,50 y la gasolina extra y ecopaís[2] a USD 2,10, derogar los decretos 1158 11831054 Y entrar en el proceso de focalización a los sectores que necesitan subsidio: agricultores, campesinos, transportistas, pescadores…
  2. Alivio económico para más de 4 millones de familias con la moratoria de mínimo un año y renegociación de las deudas con reducción de las tasas de interés en el sistema financiero (bancos públicos, privados y cooperativas). No al embargo de los bienes como casas, terrenos y vehículos por falta de pago.
  3. Precios justos en los productos del campo: leche, arroz, banano, cebollas, abonos, papas, choclos, tomate y más; no al cobro de regalías en las flores. Para que millones de campesinos, pequeños y medianos productores puedan tener garantía de sustentación y continúen produciendo.
  4. Empleo y derechos laborales. Políticas e inversión pública para frenar la precarización laboral y asegurar el sostenimiento de la economía popular. Exigir el pago de las deudas al Instituto Ecuatoriano de la Seguridad Social - IESS.
  5. Moratoria a la ampliación de la frontera extractiva minera/petrolera, auditoría y reparación integral por los impactos socioambientales, para la protección de los territorios, fuentes de agua y ecosistemas frágiles. Derogatoria de los Decreto 95 y  

    Decreto 151

     .
  6. Respeto a los 21 derechos colectivos: Educación Intercultural Bilingüe, justicia indígena, consulta previa, libre e informada, organización y autodeterminación de pueblos indígenas.
  7. Alto a la privatización de los sectores estratégicos, patrimonio de los ecuatorianos/as (Banco del Pacífico, hidroeléctricas, IESS, CNT, carreteras, salud, entre otras).
  8. Políticas de control de precios y la especulación en el mercado de los productos de primera necesidad, que hacen los intermediarios y abuso de precios en los productos industrializados en las cadenas de supermercados.
  9. Salud y educación. Presupuesto urgente frente al desabastecimiento de los hospitales por falta de medicinas y personal. Garantizar el acceso de la juventud a la educación superior y mejoramiento de la infraestructura en escuelas, colegios y universidades.
  10. Seguridad, protección y generación de políticas públicas efectivas para frenar la ola de violencia, sicariato, delincuencia, narcotráfico, secuestro y crimen organizado que mantiene en zozobra al Ecuador."

La respuesta del gobierno de Lasso ante este Paro Nacional indígena y popular ha sido la represión más brutal y la descalificación hacia las organizaciones indígenas y sus dirigentes. Lasso ha ordenado a sus cuerpos represivos "ejercer el uso progresivo de la fuerza" para acabar con las movilizaciones indígenas y específicamente para intentar expulsar de Quito las decenas de miles de indígenas que se han movilizado hasta esa ciudad. El gobierno ha atacado con sus cuerpos policiales y militares todos los espacios de concentración y marchas indígenas-populares tanto en Quito como en todo el país, con un resultado de 6 manifestantes asesinados por la acción policial-militar, más de un centenar de heridos y varios centenares de detenidos.

La continuidad del Paro Nacional, luego de más de quince días, ha obligado al gobierno de Lasso a ceder en algunas de las peticiones formuladas por la CONAIE, quien por su parte, entre otras solicitudes, ha exigido al gobierno, en el marco de la reunión negociadora auspiciada por la iglesia católica, la indemnización de las familias de todos los asesinados y heridos por la acción de la fuerza pública; la libertad inmediata de todos los detenidos; la paralización y anulación de todos los procedimientos judiciales en curso contra los dirigentes indígenas; y finalmente, la destitución del ministro del interior, por ser responsable directo de todos los desmanes cometidos por militares y policías contra las manifestaciones pacíficas en todo el país. De lo contrario, continuará el Paro Nacional.

La represión desatada por Lasso no solo no ha podido disminuir la intensidad de la protesta, sino que nuevos sectores sociales se han incorporado al Paro Nacional, como son los estudiantes universitarios, y gremios del transporte en varias provincias del país.

El Paro Nacional indígena y popular que encabeza la CONAIE en el Ecuador pareciera constituir una nueva manifestación de la lucha de los pueblos de Nuestra América para enfrentar las agendas económicas neoliberales y extractivistas que han venido desarrollando en la última década por todos los gobiernos latinoamericanos (incluyendo los "progresismos" representados en los gobiernos de Correa, Evo y Maduro).

La continuidad de los estallidos sociales populares en todo el continente pueden sentar las bases políticas para la construcción de nuevos programas de transformación social, que trasciendan la demagogia de los gobiernos "progresistas" que como Maduro y Ortega han traicionado abiertamente las agendas de cambio social popular que animaron la ola izquierdista en el continente en los tres primeros lustros de este siglo XXI.

Esas nuevas bases programáticas para la transformación social están contenidas en la agenda de los movimientos indígenas que hoy luchan en el Ecuador: una lucha consecuente contra el extractivismo minero-petrolero; una democracia comunitaria sustentada en las decisiones desde las bases populares y la autonomía local y regional; formas de representación política que excluyen a los "políticos profesionales" y enfatizan en los dirigentes naturales de las distintas organizaciones sociales; soberanía nacional ante las agendas que desde el exterior imponen las compañías multinacionales de todo el mundo globalizado; sistemas de seguridad social que garanticen condiciones de vida y de trabajo para toda la población; administración del Estado en todas sus instancias con base en la transparencia y la contraloría popular, para evitar y castigar la corrupción; respeto a la diversidad cultural y étnica; una economía social basada en la producción comunal autónoma, organizada nacionalmente utilizando las formas de democracia indígena que ya existen en confederaciones como la CONAIE.

Nuestro llamado a la solidaridad con el actual Paro Nacional Indígena y Popular en Ecuador lo es también para la construcción de nuevas referencias populares de transformación social que contribuyan a orientar los nuevos esfuerzos que en distintos países, como Chile, Colombia y Honduras, están en pleno desarrollo, intentando superar las limitaciones y errores de la anterior "ola progresista", y evitar así nuevos fracasos y traiciones que hipotequen las aspiraciones de cambio de los pueblos de Nuestra América.

Ahora que el gobierno de Lasso se ha retirado de la mesa de negociación, argumentando que no desea reunirse más con Leonidas Iza (y exige a la CONAIE que designe otro representante, algo inaceptable para el movimiento indígena), se hace muy necesaria toda la solidaridad que desde los pueblos latinoamericanos se manifieste ante esta justa lucha, que es nuestra propia lucha. La última información de la noche del miércoles es que el gobierno de Lasso regresa a la mesa de negociación debido a la continuidad y fortaleza del Paro Nacional indígena y popular.

PLATAFORMA CIUDADANA EN DEFENSA DE LA CONSTITUCIÓN

Oly Millán, Juan García, Esteban Emilio Mosonyi, Santiago Arconada, Edgardo Lander, Gustavo Márquez, Roberto López Sánchez, Ana Elisa Osorio, Héctor Navarro.

Venezuela, 30 de junio de 2022

 

_____________________

[1] https://www.proamazonia.org/entrevista-a-zenaida-yasacama/

[2] Este combustible se elabora a base de la mezcla de Naftas de Alto y Bajo Octano con Etanol, para de esta forma alcanzar los requisitos de calidad que establece la Norma INEN 935, la cual regula la calidad de las combustibles.

Articulo leido aproximadamente 514 veces

martes, 7 de junio de 2022

 

VICISITUDES DE LA IDENTIDAD Y EL DESARROLLO NACIONAL

(publicado en la revista Opción, nº 56, año 2008) 

Roberto López Sánchez. Departamento de Ciencias Humanas. Facultad Experimental de Ciencias. Universidad del Zulia. Av. Universidad, Edificio Grano de Oro. Maracaibo. Estado Zulia. Venezuela. Correo: cruzcarrillo2001@yahoo.com.

 

 

RESUMEN.

 

El trabajo aborda el análisis de la identidad en Venezuela en su desarrollo histórico, desde 1830 hasta el presente, y su influencia en el desarrollo independiente de la nación. Se asume la identidad como un proceso de permanente construcción y cambio. Son consideradas las limitaciones presentes para el surgimiento y fortalecimiento de una identidad nacional en los inicios del período republicano. Se enfatiza la ausencia de un proyecto de desarrollo nacional burgués, como traba principal para la formación de una fuerte identidad nacional venezolana que aupara este mismo crecimiento. La subordinación histórica ante el capital foráneo de las elites dirigentes desde 1830 hasta 1998, actuó como elemento limitante de la identidad nacional. Se valora la existencia embrionaria de una identidad latinoamericana, específica y diferenciada de nuestras raíces culturales indígenas, europeas y africanas. Es considerado el contexto del mundo globalizado y las amenazas implícitas en los intentos del centro de poder mundial por homogenizar las culturas de los pueblos en base al “american way of life”. Finalmente se considera la necesidad del cambio social en América Latina para impulsar a su vez una identidad que fortalezca el camino del desarrollo independiente y soberano de nuestros pueblos.

 

Palabras claves: Identidad, desarrollo independiente, Latinoamérica, Venezuela.

 

 

INTRODUCCION.

 

            Una fuerte identidad es imprescindible para hacer avanzar cualquier proyecto de desarrollo, como lo ha demostrado la historia de las grandes potencias que hoy dominan la economía mundial. Pero la identidad en Venezuela ha tenido un desarrollo accidentado a lo largo de nuestra historia patria. Pensamos que las limitaciones presentes en nuestro proceso de crecimiento como país se han derivado de la ausencia de una verdadera identidad nacional, cuya construcción no ha sido promovida por nuestras elites dominantes con la misma fuerza demostrada por las grandes potencias del mundo contemporáneo al hacer avanzar su propio sentimiento nacional.

 

            Aunque nacimos al mundo en un glorioso proceso de independencia, sin nada que envidiarle al de naciones como los Estados Unidos, sin embargo nuestro desarrollo como país se ha quedado muy atrás en el contexto mundial. Nuestros próceres arriesgaron la vida para construir una gran nación, pero el resultado luego de casi 200 años es muy desalentador. Mientras las trece colonias inglesas de Norteamérica se independizaron formando una sola nación, las colonias hispanoamericanas terminaron conformando multitud de pequeños estados nacionales que fragmentaron nuestras capacidades de incidir en el sistema mundial. La ausencia de perspectiva independiente en quienes terminaron siendo nuestros gobernantes al nacer como república, en 1830, y del resto de gobernantes que se sucedieron en el país, condujo al mantenimiento de los lazos de subordinación que se establecieron con el naciente capitalismo mundial durante nuestro período colonial, y la progresiva recreación de los mismos hacia formas de dominio neocolonial permitió que llegáramos al siglo XXI casi en las mismas condiciones en que estábamos en el siglo XVIII, siendo un país exportador de materias primas, inserto en la periferia del sistema económico mundial.

 

            Pretendemos recorrer aquí el proceso histórico vivido por nuestra identidad, considerando las limitaciones que han impedido su desarrollo y valorando los aportes de quienes actuaron para que Venezuela se convirtiera en un país independiente y soberano. En este análisis se hace necesario considerar diversas perspectivas sobre la identidad, en cuanto a la amplitud geográfica de la misma. Dado que en nuestro origen republicano formamos parte de un proyecto de independencia continental, tal como lo concibieron Miranda y Bolívar, el desarrollo de la identidad también se ha vinculado a diferentes espacios, según fueran prevaleciendo el amplio proyecto bolivariano de liberación para Hispanoamérica, o el estrecho proyecto republicano de líderes como Páez o Santander.

 

 

1. IDENTIDAD Y NACIÓN.

 

                        Al hablar de identidad nacional consideramos que las identidades son “un fenómeno sujeto a constante modificación y reinvención, y que por lo tanto, es contingente e inestable” (Klor de Alva, J, 1992: 457)[1]. Como plantea García Gavidia (1996: 11), las identidades se conforman en las diversas formas de relación entre las personas de los distintos grupos sociales, tanto al interior de estos grupos como en su relación externa con otros grupos de una misma sociedad, o con sociedades diferentes.

 

                        Por tanto, la identidad no es algo estático ni inmutable. La identidad se construye y se modifica de acuerdo a las circunstancias histórico-sociales específicas. La identidad colectiva de un grupo social determinado es el grado de identificación que los individuos  miembros de ese grupo alcanzan con los valores culturales fundamentales del mismo. Por ejemplo, la identidad étnica de los distintos grupos indígenas venezolanos.

 

            Tratamos aquí la identidad nacional, es decir, la identificación de los habitantes de Venezuela para con los valores propios de nuestra cultura. Para no extendernos en el análisis del término nación[2], nos interesa particularmente considerar la identidad de los habitantes del Estado-Nación Venezolano, a partir del momento histórico en que nos constituimos como tal, en 1830.

 

            Obviamente, en el análisis concreto nos vamos a encontrar con muchas paradojas. El concepto de nación, o de patria, no se ajusta a los límites de los estados nacionales que se conformaron en Hispanoamérica en el siglo XIX. La cultura característica de nuestra nación es prácticamente la misma de las naciones vecinas. Por tanto, al hablar de identidad nacional de Venezuela nos encontramos con una situación compleja que amerita desmontar los mitos y discursos construidos desde hace casi doscientos años sobre la llamada “venezolanidad”.

 

 

2.    LA IDENTIDAD EN LA VENEZUELA DEL SIGLO XIX.

 

            Cuando Venezuela se constituyó como república en 1830, una serie de elementos influían para que los pobladores de la nueva nación no se reconocieran a sí mismos como parte integrante de Venezuela.

 

            En primer lugar hay que establecer claramente que el Proyecto Nacional de nuestros libertadores, y más específicamente el de Simón Bolívar, no se restringía a los estrechos límites de la Capitanía General de Venezuela. En los hechos, Bolívar constituyó la República de Colombia, que abarcaba el territorio de las que hoy son cuatro naciones latinoamericanas: Ecuador, Colombia, Panamá y Venezuela. Su concepto de patria iba mucho más allá de la misma Colombia; “para nosotros la patria es la América”, había dicho en la Carta de Jamaica. El Libertador nunca descansó en su lucha independentista, e hizo esfuerzos prácticos por conformar una confederación de países hispanoamericanos al convocar el Congreso de Panamá en 1826. De todos son conocidos sus planes para invadir Cuba y Puerto Rico y terminar de destruir así el poderío colonial español en América.

 

De acuerdo con lo anterior, la identidad nacional de nuestros libertadores, la patria por la cual ellos luchaban era toda la América Latina. No había un proyecto nacional específicamente venezolano durante la guerra de independencia. La derrota del proyecto bolivariano y el triunfo de los planes localistas de las oligarquías de Caracas y de Bogotá, permitieron la desmembración de la Gran Colombia y el surgimiento de Venezuela como república en 1830.

 

            Un segundo elemento, no menos importante, también conspiraba para que en 1830 no pudiera hablarse de una identidad nacional venezolana. Las distintas provincias de la Capitanía General se habían conformado históricamente como regiones agroexportadoras relacionadas con una ciudad-puerto (como Maracaibo, Puerto Cabello, La Guaira, Cumaná y Angostura), que se comunicaban directamente con la metrópoli española a través de sus posesiones en el Caribe, sin que existiera mayor relación e interdependencia entre dichas provincias. Además la misma Capitanía General era de reciente conformación (1777), y no había transcurrido un tiempo histórico necesario como para que se construyera una identidad común en sus pobladores.

 

Para los habitantes del oriente del país, así como para los de los Andes, el Zulia, o la Guayana, Venezuela no significaba patria, no existía un sentimiento de identidad que agrupara sus expectativas sociales, pues hasta ese momento, la sociedad colonial tenía en común principalmente elementos derivados de su relación con el Imperio Español[3], mas no elementos culturales nacidos de un intercambio intraregional inexistente. Las constantes guerras civiles del siglo XIX se explican en parte por la disputa entre las élites de las distintas regiones por intentar hegemonizar la conducción política de la república; la guerra civil oriental, en 1834, es un buen ejemplo de ello. Igualmente las declaraciones de independencia y los intentos separatistas, que abundaron en ciudades como Maracaibo, se explican también en este contexto de disgregación regional de la nación venezolana.

 

            Una tercera circunstancia operaba en los procesos de identidad de la población venezolana: la constitución de nuevas fuerzas sociales como actores decisivos en el proceso político nacional. Durante el período colonial, la mayoría de la población no tenía derechos, como los esclavos, o los tenía considerablemente restringidos, como los indígenas y los pardos. Estos tres grupos sumaban más del 80 % de la población venezolana a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. Esta situación evidentemente generaba una limitación para el desarrollo de una identidad cultural hacia la sociedad colonial dominante; mal podían identificarse los esclavos, indios y pardos con un régimen que los excluía y los explotaba. Pero el descontento social acumulado durante más de trescientos años de expoliación colonial explotó simultáneamente con la crisis de la corona española y los pronunciamientos independentistas a partir de 1810, aunque en las décadas anteriores ya venía manifestándose ese protagonismo popular en la insurrección de los Comuneros (1781), en la insurrección de José Leonardo Chirinos (1795), y en las conspiraciones de Gual y España (1797) y de Francisco Javier Pirela (1799).

 

La guerra de independencia en nuestro territorio fue la más larga y la más sangrienta de todo el proceso emancipador latinoamericano. La guerra de independencia se manifestó inicialmente como una guerra social, en la que se enfrentaban los blancos ricos terratenientes, promotores de la independencia en 1810-1811, contra el ejército de esclavos y mestizos comandado por José Tomás Boves que si bien luchaba bajo las banderas del rey español, en la práctica libraba una guerra racial cuyo objetivo era exterminar a los blancos y su dominio político-económico sobre el territorio venezolano. Más de una década de lucha agotó a la fracción mantuana dirigente del proceso, y diversas circunstancias obligaron a la oligarquía criolla pro-independentista a incorporar a las filas patriotas a los pardos y los esclavos para poder derrotar a las fuerzas militares españolas[4].

 

Bolívar y el resto de patriotas sólo pudieron contrarrestar esa situación dándoles ellos mismos la libertad a los esclavos y decretando la igualdad de los ciudadanos ante la ley, con lo que se abolían las legislaciones que limitaban los derechos de los pardos en la anterior sociedad colonial. El ejército popular que de allí surgió permitió el encumbramiento de jefes militares que no eran mantuanos, como el mismo José Antonio Páez, y en muchos casos que eran mestizos, como Manuel Piar.

 

            De la guerra de independencia surgió una sociedad más democrática, más igualitaria, en la cual la élite dominante se había ampliado con la incorporación de los caudillos militares que ahora tenían grandes posesiones territoriales y eran además los jefes fundamentales de la estructura política del país. La población mestiza y esclava había tenido por primera vez en la historia una participación significativa en los procesos sociopolíticos, y aspiraba a que sus anhelos igualitarios fueran refrendados en la nueva sociedad independiente que comenzaba a erigirse. Como es sabido, esto no ocurrió, y la oligarquía criolla refrendó en 1830 la continuidad del régimen esclavista, y estableció un sistema político que limitaba los derechos de participación a la gran mayoría de la población no poseedora de bienes de fortuna.

 

Esta situación generó a lo largo del siglo XIX republicano constantes confrontaciones sociales, expresadas en insurrecciones campesinas cuyo punto culminante fue la Guerra Federal, en 1859-1863. El triunfo del federalismo contribuyó aún más a fortalecer ese sentimiento igualitario del venezolano, y arraigar características sociopolíticas como la conformación popular del ejército. Aunque en términos económicos el triunfo del federalismo no introdujo cambios estructurales, sí logró ampliar nuevamente la integración de la élite dominante: los jefes de las montoneras federales fueron incorporados al grupo dirigente y hegemonizaron de hecho la conducción política del país hasta finales del siglo.

 

            En lo político, Venezuela estuvo conducida durante el siglo XIX republicano por los generales de la independencia (Páez, Soublette, Monagas), en primer lugar, y por los generales de la federación (Falcón, Guzmán Blanco, Joaquín Crespo), en segundo término[5]. Pocos de ellos procedían del sector mantuano que constituía en 1810 la élite criolla dominante. El grupo social dominante tuvo que ampliar su integración para poder mantener la continuidad de las relaciones de producción coloniales: la esclavitud y el peonaje, vinculadas a la agroexportación bajo control ahora del comercio inglés fundamentalmente.

 

 

3. LA IDENTIDAD FORZADA. EL CULTO A BOLÍVAR.

 

            La élite dominante del siglo XIX venezolano tenía la urgente necesidad de consolidar su poder mediante la promoción de un sentimiento de identidad nacional que unificara culturalmente a un territorio que como ya dijimos tenía un pasado y un presente de autonomía relativa como regiones agroexportadoras vinculadas directamente al mercado mundial. Por otra parte, había que formar esa identidad nacional en cierta forma contra natura: los elementos étnicos comunes a los venezolanos también nos unían con los colombianos, ecuatorianos, peruanos, bolivianos, mexicanos, etc. El idioma español, la religión católica, las costumbres heredadas de la España absolutista en su sincretismo colonial con la sociedad autóctona y la mezcla con la población africana esclavizada; el mismo proceso independentista iniciado simultáneamente, dirigido por individuos que se conocían entre sí y que en cierta forma actuaron de común acuerdo (como Bolívar y San Martín). Toda una cultura común en hispanoamérica, de la cual había que forzar el nacimiento de una identidad específicamente venezolana.

 

El ariete de ese proceso de construcción de una identidad nacional fue la figura de Bolívar y la gesta independentista que él encabezó. Los mismos que habían expulsado a Bolívar del país y hecho fracasar su proyecto político de integración latinoamericana, lo trajeron de nuevo ya muerto, en 1842, para homenajearlo en el Panteón Nacional y construir en torno a él un culto que buscaba unificar los sentimientos de todos los venezolanos.

 

            Pero este culto a Bolívar, a los libertadores y al proceso de independencia, desvirtuaba el objetivo real que ellos habían perseguido. Su lucha era presentada ahora como el proceso de independencia de Venezuela, obviando que para ellos la patria era toda la América Latina, y que su acción política específica intentó construir una macro-nación, una superpotencia latinoamericana que se enfrentara en igualdad de condiciones con las grandes potencias europeas y los Estados Unidos.

 

En sentido estricto, es una falsedad histórica afirmar que Bolívar es el padre de la patria venezolana, pues el no constituyó a Venezuela como república. La nación que Bolívar creó fue la República de Colombia, además que contribuyó a crear al Perú y a Bolivia. Bolívar y Urdaneta fueron presidentes de Colombia, Bolívar y Sucre fueron presidentes de Bolivia, Juan José Flores presidente de Ecuador. Para ellos la patria iba mucho más allá de nuestras actuales fronteras. Pero el culto bolivariano iniciado por Páez y continuado por los sucesivos gobernantes del país se fundó en un pretendido proyecto nacional venezolano que nunca estuvo en la mente de nuestros libertadores.

 

            En este confuso contexto sociocultural y geopolítico se comenzó a conformar la identidad nacional venezolana. En todas las ciudades y pueblos del país se ratificó el culto al padre de la patria, con su respectiva Plaza Bolívar y su museo bolivariano. Se establecieron los llamados símbolos patrios: la bandera, el escudo y el himno nacional. Se encargó a Rafael María Baralt para que escribiera la primera Historia de Venezuela. Los artistas y literatos se ocuparon de difundir las gestas heroicas de los libertadores a través de pinturas, estatuas, novelas y poesías. Incluso se ocuparon de incluir algunas figuras representativas de las mayorías sociales, como Pedro Camejo (el “negro primero”), ocultando la realidad de que su aporte decisivo al triunfo militar independentista fue escamoteado luego de la guerra.

 

 

4. AUSENCIA DE UN PROYECTO NACIONAL.

 

            Pero el proceso de construcción de una identidad nacional se enfrentaba a la inexistencia de un verdadero Proyecto Nacional para el desarrollo independiente del país por parte de la élite dominante. El objetivo de nuestros gobernantes no fue nunca más allá del afán personal por alcanzar glorias eternas y fortunas inconmensurables. El control comercial de la agroexportación fue entregado en bandeja de plata a las Casas Comerciales inglesas, alemanas, francesas y norteamericanas, las cuales expoliaban sin misericordia a los agricultores, apoyándose en las leyes liberales aprobadas durante el período paecista. No se diseñó jamás un plan de desarrollo económico interno. Las políticas proteccionistas hacia la agricultura y promotoras de un eventual desarrollo industrial brillaron siempre por su ausencia. Venezuela se mantenía como un simple exportador de materias primas agrícolas, con una actividad productiva muy atrasada técnicamente, y con productos principales como el café y el cacao que no representaban una importancia relevante en el mercado mundial. La nuestra era una “economía de sobremesa”; lo que exportábamos era el “postre” de los restaurantes europeos y estadounidenses.

 

            Nuestro desarrollo como nación a partir de la independencia puede explicarse recurriendo a los postulados de la Teoría de la Dependencia, surgida en Latinoamérica a partir de la década de 1960 y que intenta explicar el subdesarrollo de estos países a partir de los análisis marxistas. La teoría de la dependencia parte de considerar que el desarrollo del capitalismo en los países industrializados fue simultáneo con el subdesarrollo de los países coloniales o neocoloniales[6].  En esta perspectiva, los países subdesarrollados sirvieron en la época colonial de fuente de riquezas que contribuyeron al proceso de acumulación originaria de capital en Europa Occidental (Marini, 1973: 17), y luego de la revolución industrial, se articularon directamente con las metrópolis produciendo y exportando materias primas, a cambio de manufacturas de consumo y contrayendo cuantiosas deudas, las cuales consumían un significativo porcentaje del presupuesto nacional.

 

La inserción de América Latina en la división internacional del trabajo del mundo capitalista hegemonizado en ese momento por Europa (y específicamente por Inglaterra), configurará la dependencia como una relación de subordinación entre naciones formalmente independientes, en cuyo marco las relaciones de producción de las naciones subordinadas son modificadas o recreadas para asegurar la reproducción ampliada de la dependencia (Marini, 1973: 18). El fruto de la dependencia era necesariamente más dependencia, y su liquidación suponía necesariamente la supresión de las relaciones de producción capitalistas en los países subdesarrollados y la modificación de los términos de inserción de dichos países en el mercado mundial.

 

De esta forma, el subdesarrollo económico de los países de América Latina (y demás países periféricos de Asia y Africa) se explica debido al desarrollo simultáneo de las grandes potencias del centro industrial capitalista. Ellos se desarrollaron gracias a la explotación de nuestros recursos y control sobre nuestros mercados. Los principales teóricos de la dependencia aun mantienen la vigencia de sus análisis, como el brasileño Theotonio Dos Santos, quien afirma que “la constatación del papel jugado por la deuda externa en la crisis de los 80[7], y las consecuencias que ha tenido la transferencia de recursos desde Latinoamérica hacia las potencias capitalistas en la limitación de su crecimiento económico y la expansión de la pobreza y miseria de su población”, son ejemplos prácticos de la justeza de los análisis de la teoría de la dependencia (Dos Santos, 1993: 104)[8].

           

            La ausencia de un verdadero proyecto de desarrollo para la nación, y la existencia de una elite dirigente subordinada al capital extranjero tanto en lo económico, como lo político y lo cultural, determinó que el proceso de construcción de la identidad nacional no tuviera un desarrollo pleno durante el siglo XIX, como de hecho tampoco lo tuvo en el siglo XX[9], pues las características mencionadas se mantuvieron sin variaciones de fondo. Por supuesto que en esta situación influían también todos los elementos de los que hablábamos al principio: la amplitud del concepto de nación o patria durante la guerra de independencia, y la posterior restricción del mismo a los límites de la Capitanía General; la profunda división social heredada de la sociedad colonial; y la disgregación regional del territorio venezolano.

 

La identidad nacional se promovió en la medida en que ésta servía a los intereses de la oligarquía dominante, como elemento de unificación cultural que facilitara su acción como grupo social hegemónico. Al mismo tiempo, la existencia del Estado venezolano como tal era un elemento que actuaba espontáneamente como creador de identidad: el gobierno centralizado (aún en la época del federalismo), la legislación común, el desarrollo de las vías de comunicación dentro del país, el intercambio comercial y la migración interna (que implicaba un intercambio cultural), todos ellos determinaban por su propia dinámica el afloramiento de un sentimiento nacional venezolano.

 

 

5.    PETROLEO E IDENTIDAD EN EL SIGLO XX.

 

            Con el desarrollo de la industria petrolera en el país, a partir de la segunda década del siglo XX, se modificó toda la estructura socioeconómica venezolana. La nueva sociedad urbana, industrializada en algunos sectores, con relaciones de producción básicamente capitalistas, pero que mantuvo e incluso profundizó los lazos de dependencia para con el capital multinacional y las grandes potencias mundiales, desarrolló cambios culturales que aún hoy están en proceso de evolución. La débil identidad nacional se vio afectada por la penetración cultural anglosajona. Por una parte, a través de la presencia en nuestro territorio de las compañías petroleras extranjeras, las cuales en un inicio trasladaron al país cierta cantidad de personal, debido a las carencias nacionales de mano de obra tecnificada. De igual forma, los productos industriales norteamericanos hicieron su entrada en el país, introduciendo la cultura consumista propia del capitalismo. La nueva sociedad de consumo generó un significativo cambio cultural, al crearse valores y necesidades ficticias, mediante la propaganda comercial y el “efecto demostración” de los nuevos productos y artefactos que invadían el mercado interno. El individualismo y la competencia tomaron posesión absoluta gracias a la influencia determinante de los nuevos medios de comunicación masiva: la prensa, la radio y la televisión.

 

El petróleo transformó radicalmente a la sociedad venezolana, pero no la lanzó en la senda del desarrollo, sino que aumentó sus niveles de dependencia con relación al capital foráneo, creando profundas deformaciones en lo económico y social, y subordinando nuestro desarrollo político a los intereses de las grandes transnacionales petroleras. Tal como afirma Rodríguez Gallad:

 

"El descubrimiento del petróleo en nuestro país trajo consigo el monopolio de este re­curso por parte de los grandes truts interna­cionales ligados al capitalismo imperialista. Estos han actuado ... como agentes de des­capitalización, mediatizando nuestra econo­mía, sumiendo a la nación en el subdesarro­llo, impidiendo su independencia económica, creando un enorme contraste entre ... una minoría rica y una mayoría pobre." (Rodríguez Gallad, 1974: 6).

 

La economía venezolana pasó de ser agraria a petrolera, pero siempre monoexportadora, ubicada en la fase de crecimiento simple o crecimiento hacia afuera, como exportadora de materias primas. Sólo que varió significativamente la relevancia de lo que exportábamos. El petróleo no varió el carácter subordinado de nuestra economía, como país periférico de los grandes centros capitalistas. Lo que se modificó fue el dinamismo de dicha subordinación, por la importancia del petróleo como principal fuente de energía a nivel mundial.

 

A partir de la década de 1920, Venezuela se convirtió en uno de los centros receptores fundamentales de las inversiones de capital provenientes de los grandes centros imperialistas. Esta situación reforzó, profundizó y extendió los términos de dependencia en que se hallaba nuestra economía. Particularmente, nuestro país pasó a formar parte del “patio trasero” del imperialismo norteamericano, quien hasta el presente continúa jugando un papel decisivo en las relaciones de poder de nuestra sociedad.

 

            La cultura norteamericana se convirtió en el siglo XX en el paradigma de gruesos sectores de la población venezolana, sin que los distintos gobiernos hayan hecho mayores esfuerzos para revertir esa situación. De esta forma, en la moderna sociedad venezolana la identidad nacional coexiste con mentalidades que valoran negativamente a nuestra cultura[10] y admiran a la sociedad norteamericana, cuyas expresiones concretas van desde los nombres propios que los padres les colocan a sus hijos (Jonathan, Jackeline, etc), hasta los gustos musicales, las modas y las “grandes” aspiraciones individuales de cada quién (viajar a Miami, trabajar en USA, etc.).

 

            Como plantean algunos autores, en lo cultural también se manifiesta la dependencia. Es decir, la dependencia económica y política que arrastramos desde la colonia tiene su expresión en la mentalidad de los venezolanos. Fernando Cardoso considera que

 

“la situación de subdesarrollo nacional supone un modo de ser que a la vez depende de vinculaciones de subordinación al exterior y de reorientación al comportamiento social, político y económico en función de ‘intereses nacionales’ ... esto caracteriza a las sociedades subdesarrolladas no sólo desde el punto de vista económico, sino también desde la perspectiva del comportamiento y la estructuración de los grupos sociales” (Cardoso, 1982: 90).

 

Por su parte Maritza Montero plantea que

 

“la dependencia no es solamente un fenómeno económico y social, sino que además, y por ello mismo, es también un fenómeno psicosocial que afecta al individuo ... al igual que hay economías dependientes, existe también, por consecuencia, una actitud dependiente que, al mismo tiempo que su producto, suministra los elementos que la mantienen” (Montero, 1991: 10).

 

            Se puede decir entonces que el desarrollo cultural venezolano en el siglo XX estuvo signado por el mantenimiento de una subordinación hacia paradigmas foráneos. Esto va íntimamente ligado a la subordinación política e ideológica que nuestras elites han tenido con relación al capitalismo multinacional y las grandes potencias industrializadas, encabezadas por los Estados Unidos (Vilda, 1984: 15). En el proceso de industrialización vivido en Venezuela durante el siglo XX, tanto en su fase de crecimiento simple como en la fase de crecimiento secundario, las elites gobernantes se mantuvieron atadas a los intereses del capital extranjero, impidiendo que emergiera una economía independiente que lanzara al país por la senda del desarrollo (Purroy, 1986: 49).

 

            No obstante, en la Venezuela de las últimas décadas hemos visto la revitalización de legados culturales que permanecían aislados, como ha sucedido con la música y otros valores culturales afrovenezolanos de comunidades como las ubicadas en Barlovento y el Sur del Lago de Maracaibo. Igualmente la cultura de las etnias indígenas que aún sobreviven en el país se ha colocado en primera plana en tiempos recientes, llegando incluso dichas etnias a tener representación en la Asamblea Nacional Constituyente de 1999, y en la actual Asamblea Nacional. La Constitución Nacional de 1999 reconoce el carácter multiétnico y pluricultural de la sociedad venezolana, estableciendo que los idiomas indígenas son de uso oficial para sus respectivas etnias, debiendo ser protegidos como patrimonio cultural de la nación.

 

            El desarrollo de la identidad venezolana se ha fortalecido de esta forma, al reasumir aportes culturales que la sociedad tradicional se negaba a reconocerlos, o que en todo caso los aceptaba como elementos “negativos” de nuestra cultura[11]. Actualmente se avanza a poner las cosas en su sitio, dejando claro las diferencias culturales que nos separan de las sociedades europeas y en general del llamado mundo occidental. La noción tradicional que entendía a la cultura como el desarrollo de las “bellas artes” ha sido ampliamente superada, y hoy día se valoran las diferentes expresiones nacionales, regionales y locales que configuran las diversas formas de identidad que caracterizan a nuestra sociedad.

 

            El venezolano de hoy se identifica en la gaita zuliana, en el joropo llanero, en la música latina propia de las urbes caribeñas, en el liqui-liqui de una sociedad agraria que ya no domina, en los tambores afros de Bobures y Barlovento, en el culto de Maria Lionza y el Negro Felipe, en la arepa, el casabe y el pabellón criollo, en las ferias patronales de los distintos pueblos y ciudades del país, en nuestro igualitarismo social y el espíritu de solidaridad para con los necesitados, en el orgullo de tener el legado de nuestros libertadores. Pero también se desarrollan aquí expresiones latinoamericanas como la música mexicana y colombiana (rancheras y vallenatos), el bolero, la salsa y el merengue, además de manifestaciones religiosas de origen africano que se han fortalecido en el Caribe. Nuestra cultura nos recuerda constantemente que los lazos con los pueblos hermanos de América Latina son tan profundos que permiten hablar de una “etnicidad latinoamericana”, de una identidad cultural que va mas allá de las fronteras entre nuestros países.

 

            Por otra parte, debemos establecer que el cambio social generado por el desarrollo petrolero permitió, en sentido positivo, que se ampliaran los derechos políticos y sociales, a través de la democracia burguesa, que se impuso luego de un período de transición, y del proceso general de modernización capitalista, que incluía la ampliación y masificación del sistema educativo. De igual manera se abrió para la mujer la posibilidad real de superar el secundario papel al que estaba relegada en la sociedad rural tradicional, al tener acceso a los estudios y al trabajo, y alcanzar la igualdad jurídica con el hombre.

 

La democracia política permitió la difusión masiva de corrientes ideológicas que hasta ese momento eran del consumo exclusivo de muy reducidas elites intelectuales, como el marxismo, la socialdemocracia y el socialcristianismo. En el campo educativo el crecimiento de la educación secundaria, normal y universitaria va a ser impresionante. Las universidades y el movimiento estudiantil que desde ellas actúa se convirtió en factor fundamental de los acontecimientos políticos a partir de 1928 y hasta las últimas décadas del siglo. Por su parte el desarrollo de la investigación científica permitió el surgimiento de una historiografía más sólida en sus argumentos teóricos y documentales, superándose la visión histórica tradicional que restringía nuestro pasado a una sucesión de héroes y batallas. El problema está en que la difusión de estas nuevas perspectivas históricas no ha trascendido mayormente de los círculos intelectuales universitarios.

 

            En general, el petróleo creó una nueva sociedad[12], urbana, industrial, con nuevas clases sociales como los obreros y la clase media profesional, y la relegación del campesinado y los terratenientes como grupos determinantes del proceso histórico venezolano. La relación población rural / población urbana pasa de un 71 / 29 % en 1936, a un 16 / 84 % en 1990 (OCEI, 1994: 20). En este proceso, surge y se consolida, a partir de 1958, un bloque social hegemónico integrado por la cúpula de los principales partidos políticos (AD y Copei), el alto mando militar, la alta jerarquía eclesiástica, el gremio de los grandes empresarios criollos (Fedecámaras) y los dirigentes de la CTV. Este bloque dominante actúa en general como representante del capitalismo multinacional y de la alta burguesía criolla. Hoy podemos decir que dicho bloque hegemómico ya es cosa del pasado, y las aplastantes derrotas electorales sufridas por ellos entre 1998 y 2006 significan que una nueva relación entre las clases se está conformando en el país.

 

            El proceso de modernización no ha respondido a planes coherentes previamente establecidos, sino que ha sido producto de las necesidades parciales de los inversionistas foráneos y de la improvisación general que caracterizó a los gobiernos, fueran éstos democracias o dictaduras. Esta improvisación pareciera ser una fatalidad de nuestro proceso histórico. Como dijo Rómulo Gallegos, somos un pueblo que marcha borrando sus pasos (Gallegos, 1949: 77). Nuestra tradición consiste en romper con la tradición, sin saber a dónde vamos (Vethencourt, 1981: C-22). “Al paso que vamos nos llegarán a estorbar las mismas cenizas de Bolívar”  (Briceño Iragorry, 1980: 606). En realidad el origen de la improvisación está en la subordinación  de nuestras elites ante los poderes extranjeros, que son quienes han tomado siempre las decisiones fundamentales en cuanto a nuestro desarrollo económico, político y cultural. Las reflexiones de José Luis Alvarenga son bastante explicativas en cuanto a la pérdida de la memoria histórica que los venezolanos manifestamos al ejecutar la modernización del país:

 

“Entre nosotros hay ausencia de conciencia histórica, de memoria del país nacional. Un sector importante de la población no sabe quién es su padre, sólo conoce a la madre. El conocimiento de la segunda generación, la de los abuelos, escasea, y hacia atrás el recuerdo no existe. Cuando se compara con la conciencia histórica individual, a nivel popular en los países desarrollados, el saldo es diferente. El europeo construye su árbol genealógico hasta donde puede, en todo caso hay interés porque es un valor el antepasado. Este hecho determina el orgullo nacional de conocer la historia del país y del pueblo donde ha nacido. Hay vocación espontánea de tradición oral y escrita” (Alvarenga, 1982: 4-1).

 

            Esa vocación histórica de otros pueblos no la tenemos en Venezuela. La ignorancia sobre nuestro pasado se extiende incluso a sectores universitarios. En todo esto ha influido la débil labor que desde el Estado se realiza en el sistema educativo formal y en los medios de información masivos. No hay ni siquiera una tradición lectora en nuestro pueblo, lo que se ha agudizado en tiempos recientes con la crisis económica, pues el precio de los libros sólo es accesible a sectores de clase media en adelante. En muchos casos, las telenovelas y las miniseries gringas son las que moldean el patrón cultural de nuestra juventud. La cultura de las computadoras personales ha introducido otro elemento que atenta contra nuestra identidad, pues las mismas se basan en el inglés como idioma, además de que los paquetes de “enciclopedias” y el internet difunden mayoritariamente elementos propios de la cultura de los grandes países industrializados. Aunque se debe reconocer que estos adelantos, bien utilizados, pueden favorecer nuestro desarrollo cultural.

           

La cultura venezolana actual espera por las reflexiones globalizadoras acerca de nuestro legado histórico, para nutrir las decisiones y consensos sobre los programas de acción hacia el futuro (Vilda, 1984: 36). La identidad que establece un pueblo con su herencia cultural e histórica puede convertirse en un arma de lucha contra los intentos de homogeneización y penetración cultural foránea (Vargas y Sanoja, 1991: 22). La construcción de esa identidad sólo es posible en la medida en que la propia clase dominada la promueve y ejecuta, como clase revolucionaria, como sujeto histórico impulsor de cambios sociales que se plantea reestructurar la “desestructuración” cultural que hemos padecido desde la época colonial. Los cambios sociopolíticos que han comenzado a ejecutarse en el país abren una posibilidad para llevar a cabo este objetivo. Nuestra identidad puede fortalecerse, si la nueva alianza de grupos sociales dirigentes que se está conformando, con un carácter popular y no oligárquico, se lo propone.

 

 

6.    LA IDENTIDAD LATINOAMERICANA.

 

El sueño de una América Latina liberada y unida tiene una larga data. Francisco de Miranda fue el primero en proponérselo. Simón Bolívar llevó a cabo un vasto proceso independentista y unificador que lamentablemente no se consolidó en lo términos que él esperaba. José Martí retomó de nuevo la idea bolivariana de Nuestra América, de la América de habla hispana, de la América Mestiza de raíces indias, europeas y africanas, sueño de unidad truncado por la muerte del poeta revolucionario. En épocas más recientes, Ernesto “Che” Guevara se constituyó en el principal representante del proyecto liberador-unificador formulado hace más de doscientos años. Para todos ellos la patria era la América de origen latino, enfrentada a la América anglosajona que desde sus inicios republicanos se planteó como una amenaza vital a nuestro desarrollo independiente.

 

En estos tiempos de globalización, de neoliberalismo, de capitalismo salvaje, de homogeneización cultural bajo predominio de occidente, la construcción de nuestra identidad latinoamericana es una necesidad para la supervivencia de nuestros pueblos y culturas, para la aceptación, comprensión y reconocimiento de nuestra especificidad mestiza, de nuestra etnicidad propia y diferenciada.

 

La idea de construir y fortalecer una identidad latinoamericana que se enfrente al proceso de globalización mundial, se fundamenta en los elementos socio-culturales comunes presentes en los diversos países americanos de habla castellana (agregando Brasil), elementos ya resaltados con anterioridad por multitud de teóricos y dirigentes de nuestros países. En 1815 Bolívar planteó en la Carta de Jamaica la idea de la integración latinoamericana:

 

“Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Aunque aspiro a la perfección del gobierno de mi patria, no puedo persuadirme que el Nuevo Mundo sea por el momento regido por una gran república...” “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse...” (Bolívar, 1982: 67-71).

 

Esta integración era posible por la etnicidad común que poseían nuestras naciones[13], y era necesaria para fortalecernos y enfrentar en mejores condiciones a las grandes potencias europeas y a los Estados Unidos, idea integracionista que ya había sido formulada antes por Francisco de Miranda, quien propuso la creación de una gran nación latinoamericana que se llamaría Incanato. Miranda proponía la constitución de “un gran Estado que tuviese por límite septentrional una línea tirada desde la desembocadura del Missisipí hasta sus cabeceras y de aquí por 45° de latitud, al Océano Pacífico; y por límite meridional al Cabo de Hornos” (León, 1979: 84).

 

José Martí, seguidor fiel de las ideas bolivarianas, utilizó ya la expresión “nuestra América mestiza” (Martí, 1979: 523) para referirse a los países hispanoamericanos, en el entendido de que conformábamos pueblos de culturas comunes y que debíamos afrontar en común nuestro destino histórico. Martí trasciende en cierta forma a Miranda y Bolívar, porque su mensaje liberador va explícitamente ligado a la suerte de los oprimidos, de los trabajadores: “Con los oprimidos hay que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”. “En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro los hombres nuevos americanos” (Martí, 1979: 523-525). Su vocación principal fue siempre el crear un camino propio para la liberación y el desarrollo de los pueblos latinoamericanos:

 

“Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!” (Martí, 1979: 525).

 

El Che Guevara recuperará en su momento la perspectiva latinoamericanista de sus antecesores:

 

En este continente se habla prácticamente una lengua, salvo el caso excepcional del Brasil, con cuyo pueblo los de habla hispana pueden entenderse, dada la similitud entre ambos idiomas. Hay una identidad tan grande entre las clases de estos países que logran una identificación de tipo ‘internacional americano’, mucho más completa que en otros continentes. Lengua, costumbres, religión, amo común, los unen. El grado y las formas de explotación son similares en sus efectos para explotadores y explotados de una buena parte de los países de nuestra América. Y la rebelión está madurando aceleradamente en ella ... Dadas sus características similares, la lucha en América adquirirá, en su momento, dimensiones continentales”. (Guevara, 1968: 646)[14].

 

Y es que para todos ellos, Miranda, Bolívar, Martí y el Che, la unicidad cultural latinoamericana era importante en la medida en que sirviera para impulsar una lucha común por la libertad de todos los pueblos al sur del Río Grande.

 

Reconociendo que en América Latina existen sub-áreas culturales, como el Caribe, los Llanos, los Andes, etc., con una especificidad cultural cada una de ellas, creemos sin embargo que los elementos mencionados constituyen el punto de partida para construir una identidad cultural latinoamericana (Mato, 1992: 56), que defienda nuestra esencia como sociedad y promueva un desarrollo autónomo en lo económico, político y social. Esto no implica la negación de lo que existe como legado cultural de nuestra historia; dicha construcción debe fundamentarse precisamente en los elementos étnicos comunes surgidos del mestizaje.

 

Los procesos de integración económica que se promueven hoy en día en América Latina, como el ALBA, el MERCOSUR, y la UNASUR, favorecen significativamente el desarrollo de una identidad cultural común, pues no habrá integración sin cambio cultural (Escobar Sepúlveda, 1993: 62), y es un paso de avance hacia el logro de la idea bolivariana de integrar a la América Latina en una sola nación.

 

Cuando hoy en Venezuela se está abriendo un proceso de cambios que se dice inspirado en las ideas bolivarianas, cobra importancia reivindicar la unidad cultural de América Latina, de promover su integración en todos los órdenes, a la vez que se lucha por erradicar toda forma de opresión hacia los seres humanos y entre uno y otro país. El legado de Bolívar ha resucitado para recordarnos que aún sigue vigente.

 

 

7.    EL MITO DE LA GLOBALIZACIÓN.

 

La reivindicación de Nuestra América Mestiza se enfrenta a los intentos por penetrar nuestra cultura y destruir nuestra identidad como pueblos que se realiza en nombre de la globalización mundial. Esta globalización se expresa en el dominio económico, político, militar y socio-cultural que las grandes potencias, encabezadas por los Estados Unidos, ejercen sobre el resto de países del mundo.

 

Como dice Luciano Pellicani,

 

La civilización occidental ha asediado literalmente a las otras civilizaciones y las ha colocado frente a un desafío de enormes proporciones cuyo contenido puede resumirse así: encontrar una respuesta adecuada o bien transformarse en colonias culturales del centro capitalista” (Pellicani, 1992: 108).

 

Desde hace algunos años, los factores de poder mundial vienen invocando al proceso de globalización o interdependencia entre las economías de los diversos países, como la causa que justifica toda una serie de medidas económicas, políticas, sociales y culturales que se deben aplicar en todas partes como única alternativa de supervivencia ante la nueva realidad de la “aldea global”. Visto de esta manera, la globalización es percibida casi como un fenómeno natural, un cataclismo ante el cual no es posible sustraerse, que representa la nueva etapa a la que ha llegado el mundo capitalista, hegemónico en forma absoluta luego del ocaso de la “guerra fría”. Como lo plantea Fornet-Betancourt:

 

La globalización implica una ideología o, si se prefiere, una filosofía de la historia que consistiría en suponer que la historia de la humanidad no tiene más que un futuro: el futuro previsto y programado por el neoliberalismo. O sea que la historia, como esfuerzo constante por buscar alternativas diferenciadas que hagan justicia a las diferencias culturales y a la diversidad compleja de mundos de vida irreductibles, habría terminado, pues no habría ya más alternativa que la realidad misma que configura el proyecto civilizatorio del neoliberalismo”  (Fornet-Betancourt, 1999, D-4).

 

La nueva realidad internacional conformada a comienzos de la década de los noventa, con el derrumbe del bloque socialista soviético, implicó un nuevo mundo unipolar, hegemonizado exclusivamente por occidente, con los Estados Unidos a la cabeza del poder imperialista mundial. En este nuevo orden internacional, la globalización se profundizó en todos los sentidos, y particularmente se ha hecho énfasis en la pretendida superioridad cultural del mundo occidental, así como en lo económico se ha consolidado el modelo neoliberal dominado por el capital financiero multinacional, y en lo político la democracia liberal representativa se le presenta a la humanidad como la más elevada forma de organizar la conducción de nuestras sociedades. El expansionismo de la civilización occidental intenta demoler cualquier intento distinto de organización social que la cuestione:

 

“Lo que se ha hecho más evidente de este fenómeno del expansionismo civilizatorio es, primero, la sacralización que han conquistado los principios e instrumentos ideológicos que imperan en el mundo occidental, y segundo, la condena absoluta a todo lo que implique la consecusión de un espacio en las relaciones humanas donde impere la norma del diálogo directo y el sentido de comunidad, donde la solidaridad y el respeto a la diversidad sean componentes fundamentales de las relaciones entre los hombres” (Cuadernos para el debate, 1991: 10).

 

El intento globalizador por unificar culturalmente al mundo entero, bajo los principios del “american way of life”, y amparándose en los adelantos en las comunicaciones que han permitido la reciente revolución científico-técnica,  no es nuevo en términos históricos. Ya desde el siglo XV los europeos occidentales colonizaron al resto de continentes con el objetivo de imponer su modo de vida a todos los pueblos “infieles”, a los cuales se les negó el derecho a seguir practicando sus religiones, idiomas y costumbres. Por ello es que América, pese a tener miles de años de civilización propia, habla en idiomas europeos (español e inglés principalmente) y reza al dios cristiano.

 

 

8.    EL NECESARIO CAMBIO SOCIAL EN LATINOAMÉRICA.

 

La construcción de una identidad común se identifica con la realidad de los oprimidos latinoamericanos. Las elites criollas han mantenido a lo largo de nuestra historia una relación subordinada para con el capital foráneo y las potencias industrializadas, y son corresponsables del subdesarrollo de nuestros países y de los lazos de dependencia que en todos los aspectos se han ido creando con Europa, los Estados Unidos y últimamente con el Japón. Siendo la burguesía criolla la principal promotora en nuestros países del proceso de globalización en todos los órdenes, mal podría esperarse de ella que asumiera como propio al proyecto de fortalecer nuestra identidad.

 

Nuestra América Mestiza encierra en sí misma un gran potencial integracionista y comunitario. El proceso de mestizaje llevado a cabo entre los indígenas, europeos (españoles y  portugueses) y los esclavos africanos, generó una sociedad con escasos odios y rivalidades étnicas, en la cual se produjo una gran mezcla racial y cultural que nos otorga particularidades propias. Como dijo Martí: “No hay odio de razas, porque no hay razas” (Martí, 1979: 526). Los milenios recorridos por las grandes civilizaciones americanas, y la propia especificidad cultural surgida del mestizaje, nos adjudican un perfil propio, distinto al llamado mundo occidental y cristiano.

 

Como lo plantea el padre Pedro Trigo,

 

“Hoy en América Latina una parte de la población criolla lucha por asumir estos elementos culturales comunes desde el espacio-tiempo latinoamericano, es decir, desde su cuerpo social internamente diferenciado y su historia, con pretensiones, potencialidades y contradicciones no resueltas. Estos, en definitiva, propugnan un Proyecto Mestizo” (Trigo, 1990: 160).

 

El Proyecto Mestizo debe involucrarse en el conflicto social latinoamericano, en la búsqueda de cambios sociopolíticos que desplacen a las actuales elites gobernantes y permitan transformaciones profundas a todos los niveles de la sociedad. Para el Che Guevara, al igual que lo fue para Bolívar y Martí, el enemigo de los pueblos latinoamericanos, causante principal de sus desgracias, eran los Estados Unidos. El objetivo era la liberación de nuestros pueblos, para salir de la dependencia y alcanzar la autodeterminación. El espíritu de igualdad social que subyace en el mestizaje latinoamericano, el cual ya en el pasado fue inspirador de las luchas independentistas y generador de significativos cambios en lo socio-cultural, debe servir de apoyo ideológico a la nueva sociedad latinoamericana. Partiendo desde la base, en la lucha diaria de  las comunidades populares, Nuestra América Mestiza es un embrión que debe crecer.

 

El Che Guevara en cierto sentido se refirió al proceso de formación ideológica necesario para promover los cambios materiales en nuestras sociedades: “para construir el comunismo, simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre nuevo[15]. Guevara consideraba fundamental la formación de los hombres concretos que construirían una nueva sociedad; para él los dos pilares de esa construcción eran “la formación del hombre nuevo y el desarrollo de la técnica” (Guevara, 1968: 634). El cambio social no era exclusivamente el resultado de la aplicación de un programa de cambios económicos, políticos y sociales; era resultado también de un proceso de cambio cultural: “Las masas hacen la historia como el conjunto consciente de individuos que luchan por una misma causa” (Ob.cit.: 633).

 

La educación ideológica le permitiría asimilar a los protagonistas del proceso la importancia de su participación colectiva en las transformaciones planteadas. De esa forma, el hombre se reapropiaría de su naturaleza, al liberarse del trabajo asalariado y de la enajenación cultural, reencontrándose con su condición humana (Ob.cit.: 635).

 

El cambio social latinoamericano implica entonces el fortalecer nuestra identidad como pueblos, en momentos en que la globalización hace todos los esfuerzos por destruirla. Es una lucha planteada, avanzar en esa dirección para cumplir lo que planteaba el Che: “La revolución se hace a través del hombre, pero el hombre tiene que forjar día a día su espíritu revolucionario”. Forjando día a día la identidad de Nuestra América Mestiza lograremos las bases necesarias para la unidad popular continental en procura de nuestra definitiva liberación.

 

Hoy en Venezuela se ha producido un significativo desplazamiento de la clase política dominante, y el capital multinacional que domina el mundo globalizado encuentra trabas para expresar sus intereses en las políticas gubernamentales. El momento es propicio para impulsar una política defensora de los intereses nacionales tanto en lo económico como en lo cultural. Hemos dado un paso adelante, y lo planteado es fortalecer un proyecto de cambio social hacia toda la América Latina, rescatando la perspectiva integracionista de nuestros libertadores. Profundizar nuestra identidad implica tareas de investigación sobre nuestros valores culturales, de difusión de dichos valores por medio del sistema educativo y de los medios informativos, y de organización popular para que la misma sea el principal guardián de los logros a conquistar. Si seguimos este camino, la fortaleza de la identidad será la herramienta que nos permitirá avanzar hacia el crecimiento económico y la autodeterminación política, lejos de la tutela avasallante del capitalismo globalizado.

 

 

CONCLUSIONES.

 

El desarrollo socioeconómico de las naciones se relaciona directamente con la identidad que los pueblos de dichas naciones construyen como mecanismo inspirador de un proyecto de crecimiento republicano. Sin una sólida identidad nacional, no puede avanzarse en el crecimiento económico y social de un país, como tampoco pueden fortalecerse el ámbito político y los valores culturales.

 

Esta primera década del siglo XXI encuentra al pueblo venezolano empeñado en caminar la senda de la transformación política y social, promoviendo escenarios de integración latinoamericana y desplazando del poder a las elites tradicionales, camino que sólo podrá recorrerse completo si al mismo tiempo se promueve el fortalecimiento de la identidad nacional.

 

Esta identidad nacional debe considerar sus vínculos históricos con el resto de culturas latinoamericanas, debe ver más allá del estrecho ámbito de los límites nacionales, y avanzar a construirse como identidad subcontinental, de toda la América Latina.

 

En un contexto de cambio generalizado en toda la América Latina, el crecimiento de una identidad propia y específica a nuestros pueblos, puede acompañar y fortalecer los procesos de integración como el MERCOSUR, el ALBA y la UNASUR, sentando las bases socioculturales imprescindibles para que tomemos el camino del crecimiento económico y del bienestar social, instaurando sistemas políticos revolucionarios y populares que defiendan efectivamente nuestros intereses ante el mundo globalizado y los poderes imperiales.

 

BIBLIOGRAFÍA :

 

·      ALVARENGA, José Luis. 1982. La política cultural. El Universal (05/09/82). Caracas (Venezuela). Citado por Vilda.

·      BOLIVAR, Simón. 1982. Simón Bolívar. La vigencia de su pensamiento. Casa de Las Américas. La Habana (Cuba).

·      BRICEÑO IRAGORRY, Mario. 1980. Mensaje sin destino. Monte Avila Editores. Caracas (Venezuela).

·      CASTELLANOS, Diego Luis. 1996. “Notas sobre Integración Regional y Neoliberalismo”. En: Cuadernos Latinoamericanos Nº 13. CEELA - LUZ. Maracaibo (Venezuela).

·      CARDOSO, Fernando E. 1982. Problemas del subdesarrollo latinoamericano. Editorial Nuestro Tiempo. México.

·      CORDOVA, Armando. 1979. Inversiones extranjeras y subdesarrollo. Universidad Central de Venezuela. Caracas (Venezuela).

·      CUADERNOS PARA EL DEBATE. 1991. Las nuevas máscaras del expansionismo civilizatorio. Ediciones Primera Línea. Caracas (Venezuela).

·      DÍAZ POLANCO, Hector. 1985. La cuestión étnico-nacional. Editorial Línea. Ciudad de México (México).

·      DOS SANTOS, Theotonio. 1993. Globalización financiera y estrategias de desarrollo. Revista Nueva Sociedad N° 126. Caracas (Venezuela).

·      ESCOBAR SEPÚLVEDA, Santiago. 1993. La política de la integración.  Revista Nueva Sociedad. N° 126. Caracas (Venezuela).

·      FORNET-BETANCOURT, Raúl. 1999. Tesis para la comprensión y práctica de la interculturalidad como alternativa a la globalización. Diario La Verdad. 18/04/99. Maracaibo (Venezuela).

·      GALLEGOS, Rómulo. 1949. Reinaldo Solar. Obras completas. Edit. Lea. La Habana (Cuba). Citado por Vilda.

·      GARCIA GAVIDIA, Nelly. 1996. Consideraciones generales sobre los códigos utilizados en la invención, re-creación y negociación de la identidad nacional. Revista Opción nº 20. Universidad del Zulia. Facultad Experimental de Ciencias. Departamento de Ciencias Humanas. Maracaibo (Venezuela).

·      GUEVARA, Ernesto. 1968. Obra revolucionaria. Ediciones ERA, S.A. México D.F. (México).

·      GUNDER FRANK, André. 1988. El desafío de la crisis. Editorial Nueva Sociedad. Caracas (Venezuela).

·      HOBSBAWM, Eric. 2000. Naciones y nacionalismo desde 1780. Editorial Crítica. Barcelona (España).

·      KLOR DE ALVA, Jorge. 1992. La investigación de los orígenes étnicos y la negociación de la identidad latina. En: GUTIERREZ ESTEVEZ, M (edit). De palabra y obra en el Nuevo Mundo. 2. Encuentros Interétnicos. Siglo XXI. Madrid (España).

·      LEÓN de LABARCA, Alba. 1979. Miranda, Bolívar y la integración latinoamericana. Universidad del Zulia. Maracaibo (Venezuela).

·      LÓPEZ SÁNCHEZ, Roberto. 2004. Raices historicas del proceso de cambios en Venezuela. Revista MINIUS. Departamento de Historia, Arte e Xeografía. Universidade de Vigo. Ourense (España).

·      MARINI, Ruy Mauro. 1973. Dialéctica de la Dependencia. Serie Popular Era. México (México).

·      MARTI, José. 1979. Nuestra América. Obras escogidas en tres tomos. Tomo II. Centro de Estudios Martianos. Editora Política. La Habana (Cuba).

·      MATO, Daniel. 1993. Diversidad Cultural y Construcción de Identidades. Fondo Editorial Tropykos. Caracas (Venezuela).

·      MONTERO, Maritza. 1991. Ideología, alienación e identidad nacional. Universidad Central de Venezuela. Caracas (Venezuela).

·      OFICINA CENTRAL DE ESTADÍSTICA E INFORMÁTICA (OCEI). 1994. Boletín Estadístico.

·      PELLICANI, Luciano. 1992. La guerra cultural entre Oriente y Occidente. Revista Nueva Sociedad N° 119. Caracas (Venezuela).

·      PURROY, M.Ignacio. 1986. Estado e Industrialización en Venezuela. Vadell Hermanos. Valencia.

·      TRIGO, Pedro. 1990. ¿Existe América Latina? Revista SIC. N° 529. Caracas (Venezuela).

·      USLAR PIETRI, Arturo. 1985. De una a otra Venezuela. Monte Avila Editores. Caracas (Venezuela).

·      VARGAS. Iraida y SANOJA, Mario. 1991. Historia, identidad y poder. Editorial Trópykos, Caracas (Venenzuela).

·      VETHENCOURT, José Luis. 1981. El Nacional (22/02/81). Caracas (Venezuela).

·      VILDA, Carmelo. 1984. Proceso de la cultura en Venezuela III (1935-1985). Curso de formación sociopolítica n° 31. Centro Gumilla. Caracas (Venezuela).

 



[1]              Citado por García Gaviria, Nelly. 1996. Consideraciones generales sobre los códigos utilizados en la invención, re-creación y negociación de la identidad nacional. Revista Opción. Nº 20. Universidad del Zulia. Facultad Experimental de Ciencias. Departamento de Ciencias Humanas. Maracaibo (Venezuela).

[2]              Nos referimos al término nación en su acepción jurídica, como estado-nación. Es decir, estamos hablando de los estados nacionales que se constituyeron como tales luego de la independencia hispanoamericana. Por otra parte, en su acepción cultural, el concepto de nación en Latinoamérica es objeto de amplio debate, pues cada grupo étnico indígena, por ejemplo, pudiera ser considerado como una nación. En el plano del análisis cultural, entendemos que los estados nacionales, en la mayoría de los casos si no en todos, albergan diversas nacionalidades, aunque una de ellas sea la predominante culturalmente. Para poner ejemplos, el estado Español, que alberga otras nacionalidades como la gallega, la vasca, la catalana. Y cualquiera de los estados latinoamericanos, particularmente los que cuentan con importante población indígena, como los países andinos, en los cuales predomina una cultura criolla de fuertes influencias europeas, a pesar de que la gran mayoría de la población poseen características culturales propias y diferenciadas, como parte integrante de distintas etnias indígenas. Eric Hobsbawm se hace la pregunta: ¿qué es una nación? Y responde diciendo que no es posible descubrir ningún criterio satisfactorio que permita decidir cuál de las numerosas colectividades humanas debería etiquetarse de esta manera (Hobsbawm, 2000, 13).

[3]              El imperio español actuó como el gran unificador cultural de hispanoamérica, al propiciar una cultura mestiza que vinculaba los elementos étnicos provenientes de las sociedades indígenas y de los africanos esclavizados, con la cultura española propiamente dicha. 500 años de mestizaje permiten hablar hoy en día de una etnicidad latinoamericana, diferenciada de las raíces culturales que le dieron origen.

[4]              “La fuerza del movimiento social levantado por Boves echó las bases del igualitarismo social propio de nuestro país, pues los blancos criollos nunca recuperaron totalmente el control de la sociedad venezolana, como lo habían tenido durante el período colonial” (López, 2004: 135).

[5]              Las cuatro primeras décadas del siglo XX también fueron hegemonizadas por caudillos surgidos de guerras civiles: Castro, Gómez y López Contreras habían dirigido el levantamiento andino de 1899.

 

[6]              Como plantea Armando Córdova, “la unidad dialéctica entre la acumulación de capitales en el centro y la desacumulación y subdesarrollo en la periferia” (Córdova, 1975: 28).

[7]              El déficit fiscal de los países en desarrollo comenzó a ser financiado con créditos externos. Se fue generando la llamada “cadena de la felicidad”: se acumula el déficit, crece el endeudamiento; los intereses aumentan el déficit inicial, se requieren más préstamos; el atraso cambiario deteriora la balanza comercial, se agrava el déficit primitivo; surgen temores, desconfianza, fuga de capitales, más endeudamiento. Finalmente la cadena explota, y los pueblos pagan las consecuencias (Castellanos, 1993: 108).

[8]              En julio de 2004, en Santiago de Compostela, tuvimos la oportunidad de intercambiar ideas personalmente con André Gunder Frank, otro de los principales teóricos de la dependencia, quien falleciera al año siguiente. El refrendaba lo fundamental de su obra teórica, particularmente la explicación sobre el origen y el desarrollo de la dependencia latinoamericana. Para él, la teoría de la dependencia no había sido refutada, a menos que se entendiera por ello el aplastamiento fascista que el imperialismo ejecutó contra experimentos que, como el gobierno socialista de Salvador Allende, intentaban sacar a los países latinoamericanos del subdesarrollo (Frank, 1988: 74).

[9]              “A diferencia de Europa, de Norteamérica y de otros países latinoamericanos, en Venezuela el Estado surgido en el siglo XX no orientó ni la política educativa ni la cultural hacia la formación de una conciencia nacional claramente definida” (Vargas y Sanoja, 1991: 14).

[10]             Maritza Montero habla de la “preocupante presencia de una identidad que permite a los individuos reconocerse socialmente como miembros de un grupo nacional, pero de una manera negativa” (1991: 76).

[11]             Autores reconocidos como Mario Briceño Iragorry y Arturo Uslar Pietri defendieron la tesis de que los elementos culturales provenientes de los indígenas y de los africanos han sido un aporte negativo para el desarrollo de nuestra sociedad. Uslar, por ejemplo, nos considera como un apéndide cultural de Europa: “Esos valores que determinan nuestra vida y nuestra historia actual no son reconocibles sino a través de la historia de España y de su civilización y de la historia de América y del destino de la civilización hispánica en ella” (Uslar Pietri, 1985: 124).  Briceño, por su parte, expuso que “si doy mayor estimación a la parte hispánica de mis ancestros que al torrente sanguíneo que me viene de los indios colonizados y de los negros esclavizados, ello obedece a que, además de ser aquella de importancia superior en el volumen, tiene como propulsora de cultura, la categoría histórica de que los otros carecen” (Briceño Iragorry, 1980: 31).

[12]             “La cultura venezolana hoy es en gran parte la cultura del petróleo ... la torre petrolera debiera figurar en el escudo nacional” “Lo malo no fue el petróleo sino que se nos convirtiera en opio y desencadenara aspiraciones de bienestar sin la contrapartida del esfuerzo de la producción correspondiente y de la búsqueda de tecnologías propias, y se nos hiciera soñar una vida facilona, de consumo atorrante e imitación servil” (Vilda, 1984: 13).

[13]             Bolívar reconocía el carácter mestizo de la sociedad hispanoamericana, al decir: “...por otra parte no somos indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles: en suma, siendo nosotros americanos...” (Bolívar, 1982: 62). Héctor Díaz Polanco considera que la comunidad de los elementos socio-culturales viene determinada por la lengua, la religión, el proceso histórico, los sistemas de organización social, las pautas de conducta, las costumbres y las tradiciones (Díaz Polanco, 1985: 41).

[14]             La cita es extraída de su “Mensaje a la Tricontinental”, uno de sus últimos documentos, en mayo de 1967.

[15]             El Socialismo y el hombre en Cuba. En: Obra revolucionaria. P.631.